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No tenemos que ser perfectas, tenemos que ser valientes

Una psicóloga de la Universidad de Columbia realizó un estudio en 1970 en el que proponía una serie de tareas a niños y niñas para ver cómo se enfrentaban a algo nuevo y complicado.

Y con ello descubrió que las niñas eran más propensas a abandonar y, en general, lo hacían antes que los niños. Además, cuanto más cociente intelectual tenían las niñas, antes se rendían. En cambio, los niños asumían la actividad como un reto, llenándose de energía y motivándose a poner un mayor esfuerzo.

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Lejos de deberse a una falta de habilidad, esfuerzo o conocimientos adquiridos, lo que ocurría aquí tenía que ver con la personalidad y la educación en los roles de género.

A los niños se les enseña a ser valientes, y a las niñas a ser perfectas. O a intentarlo, porque nadie en este mundo es perfecto, y lo único que trae este intento es frustración.

Si en la educación que recibimos desde niños no se nos enseña a ser valientes sino perfectamente cautelosas, nunca correremos riesgos y nunca nos enfrentaremos a nuevos retos.

En el experimento, las niñas enseguida empezaban a dudar de sus capacidades, perdían confianza y abandonaban; mientras que los niños se enfrentaban a ello asumiendo que cualquier reto puede superarse con esfuerzo.

Lo mismo ocurre con los niños a los que educamos para que no tengan miedo y no lloren, cuando las dos cosas son un acto de humanidad, de que estamos vivos y tenemos sentimientos.

Lo peor es que esto se mantiene con el crecimiento y un ejemplo de ello es que, hoy en día, los hombre siguen presentándose a puestos de trabajos para los que no están totalmente cualificados, y las mujeres ni se lo piensan a no ser que estén un 100% seguras de que dan el nivel.

Si queremos cambiar esto, asumamos y enseñemos que el mundo no necesita gente perfecta, sino gente valiente.

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